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miércoles, 13 de octubre de 2010

Paris: liberté, egalité, fraternité y cielo azul (Parte I)

Compartimos un desayuno rápido con Robin y corrimos al tram. Teníamos que llegar a la estación a tomarnos el micro que nos llevaría a una de las ciudades del top five europeo: Paris.

Había demoras y en la espera empezamos a hablar con un chico. Después de unas pocas palabras en inglés, terminamos reconociéndonos como mexicano y argentinos. Aprovechamos para volver al español y le sacamos punta a la lengua todo el viaje. Fernando llevaba en Europa más de un mes y estaría por 5 meses. Su viaje era básicamente educativo, ya que como pintor paisajista estaba enfocado principalmente en conocer todos los museos. Hablamos bastante de arte, de la política latinoamericana, de los zapatistas, etc. Sólo claudicamos el último rato que nos quedamos dormidos. Cuando llegamos, intercambiamos mails y quedamos en vernos uno de esos días, ya que él estaría también por una semana en Paris.

Encaramos para el metro e hicimos, como es debido, la cola para el ticket. En los 5 minutos que esperamos vimos cómo se colaban unas 15 personas. Saltaban el molinete y pateaban la puerta de seguridad, o se metían en trencito, o pasaban por abajo, etc., etc. Por primera vez en Europa, nos sentimos civilizados.

Fue muy fácil llegar a destino, todo estaba bien indicado. Nuestro primer anfitrión en Paris era Julien, un couch surfer, pero al que habíamos llegado a través de Nina, la novia de Nico, quien estuvo parando en casa a principios de año. Realmente una cadena de favores.

Nos sentamos un rato a charlar en su living. Julien hablaba muy bien español, por lo que la comunicación iba a ser sencilla. Resultó ser un periodista y documentalista, con un interés particular en Latinoamérica. Había viajado por Argentina hacía algunos años, pero nosotros éramos los primeros argentos que alojaba.

Después de un rato, nos invitó a acompañarlo al parque adonde iba a correr con su vecina Sophie. Aceptamos sólo la parte del parque, no estábamos para la aeróbica. Buscamos a Sophie y nos fuimos. Vulqui feliz de usar su francés. Vicky tratando de recordar palabras aisladas. El Parc Buttes Chaumont, de estilo romántico, está planteado en una montañita y reproduce la naturaleza a través de cascadas, barandas de cemento que simulan troncos, un lago artificial y hasta una cueva. Como todavía era verano, había recitales en una parte del parque, así que después de una recorrida nos sentamos a ver una banda bastante interesante. A nuestro alrededor, todos de picnic. Lejos del picnic argento con mate y bizcochitos, los franceses hacen lo propio con vino, baguette y quesos varios. Los vasos de plástico tampoco tienen lugar, llevan sus propias copas y todos los utensilios necesarios. Además, la mujeres parisinas son naturalmente elegantes, por lo que usan para ir al parque vestidos que las argentinas se pondrían para una salida formal. Mucho glamour.

Nos costó un rato encontrar la casa a la vuelta, pero en el intento descubrimos que el barrio de Julien era muy interesante. Principalmente de inmigrantes y con una energía muy especial. Incluso nos cruzamos con una francesa que al escucharnos hablar en “argentino” nos contó que había vivido unos años en Lanús acompañando a un viejo amor. No preguntamos si Este u Oeste.

El segundo día nos esperaba sin una nube y con la temperatura justa para andar. Saltamos de la cama con ganas de empezar a conocer Paris. Habíamos quedado en encontrarnos con Nico en la estación Argentine del metro (la única estación con el nombre de un país en el metro de Paris). Paradójicamente, Nina, su novia brasilera, vivía muy cerca de allí. Fue una alegría volver a verlo. Caminamos juntos hasta el Arco del Triunfo. Lo gastamos de tantas foto, le sacamos de adelante, de atrás, del costado, de abajo… Seguimos por Champs Elysees pispeando alguna vidriera, pasamos por el Grand y el Petit Palais, y terminamos deslumbrados por el puente Alexandre III que desemboca en la majestuosa entrada del Hôtel des Invalides.

En Paris todo es monumental. Los edificios son enormes, con una presencia increíble. Todo muy imperial, con cúpulas y decoraciones doradas. Para donde se mire, hay algo deslumbrante. El diseño de las calles contribuye a crear este ambiente. Las avenidas son en su mayoría anchas, lo que genera una sensación de mucha amplitud. Lo curioso es que el Arq. Haussmann hizo este planteo alrededor de 1850, cuando todavía no existía el automóvil.
A pesar de ser de Normandía, Nico nos guió como un local. Estaba un poco de turista y un poco de parisino. Almorzamos unos sándwiches en unos jardines y dimos un último paseo con Nico, que desembocó en el Champ de Mars, la antesala de la Torre Eiffel. Si al Arco lo gastamos, a la Torre la podríamos dibujar de memoria.

Después de un rato, volvimos para atrás porque Nico nos había conseguido entradas para el Hôtel des Invalides. Es principalmente un museo de guerra y la mayor atracción es la tumba de Napoleón, que obviamente, tiene la suntuosidad digna de un emperador. Nos encontramos con armaduras y armas de todas las épocas, historia de la Primera y Segunda Guerra Mundial, Charles de Gaulle, etc., etc.. Lo recorrimos hasta que no aguantamos más.

Antes de volver, seguimos el consejo de Nico y nos fuimos a Trocadero, el lugar con la mejor vista de la Torre Eiffel. El sol se fue apagando y la Torre se fue encendiendo. Valió la pena.

Cenamos algo rápido en la casa y salimos de copas con Julien en un barcito cercano. Paris no era Alemania, Bélgica ni Holanda, la cerveza no sólo era más cara que la Coca Cola (en los otros países no), sino que era hasta más cara que el vino. Íbamos a tener que cambiar de hábito.

Nuevamente cielo azul para el tercer día. Como nos encontrábamos con Nico después del mediodía, aprovechamos la mañana para hacer turismo funerario. Nos fuimos al Cementerio Père Lachaise, donde hay varias tumbas famosas, entre las cuales están las de Edith Piaf y Jim Morrison. Tardamos casi una hora en encontrar la de Morrison. La de Piaf fue una gran incógnita.
Nico nos esperaba en la puerta de Notre Dame. Caminar desde el metro y descubrirla fue increíble. No dudamos un minuto en subir a la torre, sabíamos que la vista iba a ser especial. Todo lo que tiene Paris, desde arriba y acompañado de gárgolas de cuento. ¡No daban ganas de bajar!

Salimos y caminamos un poco por los alrededores de Notre Dame, que está en la Ile de la Cité. Esta isla se encuentra en el medio del Sena y fue el lugar de los emplazamientos originales de Paris, de la época de los romanos, galos y demás. Cerca de la iglesia se despliega el Quartier Latin, el barrio más antiguo. Esta parte, a diferencia del resto, tiene otra escala. Está llena de calles angostas y una imagen más antigua. Es como el núcleo desde donde creció la ciudad. Salimos de ahí por el primer puente que tuvo Paris, el Pont Neuf.

Era jueves, y el plan propuesto por Nico era ir al Museo de Arts y Metiers, gratis después de las 6. Como no estábamos para hacerle asco a un ofrecimiento gratuito, fuimos. Resultó ser más interesante de lo que esperábamos. Encontramos inventos de todo tipo. Los primeros relojes, las primeras computadoras, cámaras de fotos, autos, bicis, objetos voladores y hasta un colectivo a vapor.

A la salida, la noche recién empezaba, así que decidimos sacarle jugo al pase del metro y nos fuimos a ver algunos monumentos de noche. Volvimos al Arco, a Notre Dame, comimos nuestro tradicional Kebab (la opción más barata en Paris) y hasta nos vimos un partido de Petanc (algo parecido a las bochas), en una de las plazas.

¡Nuestro cuarto cielo despejado! Un record de permanencia de buen tiempo en lo que iba del viaje. Preferimos aprovecharlo antes de que se cortara la racha e hicimos un paseo en barco por el Sena. Un recorrido por los lugares tradicionales, pero desde el agua. Nos agenciamos nuestro lugarcito en la cubierta, “sanguchito” en mano y con solcito en la cara. Otra vez, 300 fotos de la Torre Eiffel y otras tantas de Notre Dame. Eso sí, desde un ángulo distinto.

Tuvimos que abandonar el paseo romántico en una de las paradas. Nos habíamos colgado y Nico nos esperaba en la fuente de Saint Michel. Para llegar ahí, todavía teníamos que atravesar toda la Place de la Concorde. Le metimos pata, pero no pudimos hacernos los distraídos delante del obelisco. Gracias a las cualidades “diplomáticas” de Francia, y un poquito de hambre imperialista, el generoso Mohamed Ali (el Virrey de Egipto, no el boxeador) decidió obsequiarle a Francia por voluntad propia y sin presiones, un obelisco de 25 metros y más de 200 toneladas, que estaba demás en el templo de Luxor. Para ello, construyó un barco ad hoc que remontó mares y ríos, incluido el Sena. Así es como Paris tiene hoy en una de sus plazas centrales, un monumento egipcio, con punta de oro e inscripciones jeroglíficas. Muy groso.

Finalmente, arribamos al punto de encuentro. Nico esperándonos como siempre. Nos armamos un pequeño recorrido que incluyó una pasada por el Panteón, la iglesia de St Etienne du Mont con unos vitraux espectaculares, y terminó en el Parque de Luxemburgo. El clima no podía ser mejor. Agarramos un par de sillitas que estaban sueltas por el parque (no, nadie se las roba) y nos sentamos al solcito. Teníamos sólo un ratito para relajar, ya que teníamos que volver a lo de Julien a preparar la cena. Estaban invitados también las vecinas y el novio de una de ellas.

Nos lucimos con unos fideos a la bolognesa, abusando de nuestras raíces italianas. La pasamos bien mezclando el francés, español e inglés. Todo sea con el fin de entendernos, claro.

Una de las chicas no se sentía muy bien, así que Vulqui tuvo que trabajar por segunda vez en el viaje. “Es probable que sea apendicitis” diagnosticó el mono doctor después de revisarla. Con el correr de los días nos enteraríamos que los 11 años de carrera no fueron en vano, ya que Melanie fue operada de apéndice al día siguiente.

La noche estaba en pañales, por lo que después de cenar nos fuimos a bailar. Julien nos llevó a “Alimentation Générale”, un boliche en el que había una fiesta brasilera. Nos bailamos todo. Muchos brasileros derrochando gracia y muchos europeos tratando de moverse al ritmo. Muy divertido.

La mañana siguiente desayunamos con Julien, nos despedimos y partimos a nuestro nuevo hogar parisino: la casa de Martín y Sophie.

Cuatro días habían pasado de nuestra llegada a París, pero todavía nos quedaba mucho por hacer…

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