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martes, 11 de enero de 2011

Naturalmente Eslovenia

Después de un viaje bastante incómodo, llegamos a Ljubljana (todavía nos cuesta pronunciarlo) una hora antes de los previsto (4:30 a.m en lugar de 5:30 a.m.), menos tiempo de micro, pero demasiado temprano para caer en una casa. La madrugada estaba helada, por lo que nos refugiamos en un bar a hacer un poco de tiempo. Envueltos en una manta, nos tomamos un par de cafés y esperamos que se hiciera una hora razonable, o por lo menos que se asomara el sol.

Tardamos 5 minutos en llegar a la casa de Tadej, nuestro anfitrión en Eslovenia. Dormía, por supuesto, pero se levantó a recibirnos y compartir un rico desayuno, dándonos la primera muestra de toda su buena onda. Habíamos llegado a él a través de Branca, una chica eslovena que Vulqui conoció en Asia. Compartimos una charla antes de que se fuera a trabajar y morimos en la cama apenas cruzó la puerta.

Después de unas horitas de sueño profundo, salimos a conocer Ljubljana. En el formulario básico para ser una ciudad de cuento, cumplía con todos los requisitos: castillo en la montaña, rio que atraviesa la ciudad, callecitas angostas y hasta dragones custodiando un puente. Todo esto en una superficie diminuta y con menos de 300.000 habitantes. De hecho, el chiste entre los locales es que la máxima distancia entre dos personas que están dentro de la ciudad no puede superar los 15 minutos. Lo comprobamos cuando en poco más de una hora la recorrimos toda. Realmente era perfecta y con una vida interesante. En algunos sectores (decir barrio sería una exageración), había toques modernos que se combinaban muy bien con lo histórico. Como una mini Praga reloaded.

Agotados por la caminata y buscando escapar del ruido y locura de esta ciudad (guiño, guiño), encontramos refugio en el parque Tívoli que, para contribuir a la sensación de estar en una fábula, resultó ser un bosque con ardillas y honguitos perfectos a los que sólo les faltaba que les saliera un pitufo de adentro. Ahí, a 5 minutos de caminata desde el centro, tuvimos nuestro primer contacto con la naturaleza y entendimos que ese vínculo era algo muy importante para los eslovenos.

Ya hacia el fin de la tardecita, nos juntamos con Branca a tomar un café a la orilla del río, mientras iba cayendo el sol y se sentía más el frío. Caminamos juntos para volver a ver la ciudad, pero esta vez de noche. Branca nos fue contando algunos secretitos y mostrando algunos rincones ocultos. Todo en un ratito nomás. Esa primera noche cocinamos entre todos en la casa de Tadej . Comimos, charlamos, nos reímos… la pasamos muy bien.
A la mañana siguiente, seguimos las recomendaciones de los chicos y pasamos por el mercado local de frutas, verduras, artesanías y demás. Como nos lo habían adelantado, toda la ciudad estaba ahí. Hicimos una recorrida rápida para llegar a tiempo a nuestro micro con rumbo a Bled, uno de los destinos más populares de Eslovenia.

El viaje fue entre montañas y lugares super verdes. Al llegar, caminamos calle abajo y descubrimos el lago, igualito a la foto de nuestro folleto turístico. Azul, en el centro una isla con una abadía y elevado sobre la orilla, el infaltable castillo. Ah! Y las montañas de fondo dándole un marco soñado. El único problema era que estaba bastante concurrido por el turismo y que si uno no quiería gastar una fortuna en cruzar el lago con un barquito o sentarse en uno de los lujosos restaurantes, no había mucho para hacer en Bled. Dimos la vuelta al lago, sentándonos cada tanto a contemplarlo y a sacarle fotos de todos los costados. Nos las arreglamos para sentarnos en uno de los lugares lindos (el truco era comerse una sopa, lo más barato del menú).

A la vuelta de Bled nos esperaba Tadej para salir a conocer la noche “Ljubljanense”. Resultó que esta ciudad de cuento, tenía un costado alternativo buenísimo. Fuimos a Metelkova que era una especie de centro cultural que se inició como ocupación de unos galpones que pertenecían al ejército, y hoy está lleno de bares, pinturas y esculturas. Entramos a uno donde la temática de la noche eran canciones revolucionarias serbias. Era como estar adentro de una película de Kusturica. Mucha onda. Nos tomamos unas cervezas y nos dedicamos a mirar caras. Obviamente, estábamos cerca de la casa, por lo que llegamos en un ratito. Teníamos que descansar porque el domingo nos esperaba con todo.

Despatarrados en la cama, no podíamos creer lo que estábamos escuchando. Era temprano y Tadej había cumplido con su promesa: despertarnos con música de Mercedes Sosa. Así que, dimos “gracias a la vida” por no escuchar el despertador por una vez. No sólo el despertar fue realmente placentero (ninguno de los dos es amante de la mañana), sino que se encargó de que tuviéramos un desayuno completísimo. ¿La razón? Íbamos a escalar los Alpes eslovenos. Bueno, escalar, hacer un trekking de montaña hasta la punta de una de las montañas. El día era perfecto y el lugar increíble. Empezamos nuestro ascenso y mientras íbamos avanzando, bajaban corriendo nenes de primaria, viejos y hasta gente con bebés. No habíamos recorrido mucho y Vicky ya se pisaba la lengua. Vulqui y Tadej se miraban desesperanzados. Vicky se apoyaba en sus palitos y rogaba por agua o algo más que una barrita de cereal en las cortas paradas. Finalmente, en contra de todos los pronósticos y a pesar de la desconfianza de Vulqui, los tres llegamos a la cima, y ahí la vista fue simplemente indescriptible. Estábamos justo frente a Triglav, el pico más alto de la zona.

La bajada fue rápida gracias a los resbalones y las ganas de llegar a comer algo. Tadej nos llevó a un restaurant en el medio de la nada, en una casa del 1100 rodeada por montañas, donde servían comida típica buenísima. Ahí recargamos las baterías y nos charlamos todo de la vida. Tadej nos había organizado un día espectacular y hasta el cansancio era placentero.
De vuelta en casa, Branca pasó un ratito a despedirse. Nos tomamos unos mates y preparamos todo para partir hacia Italia bien temprano por la mañana.

Eslovenia nos sorprendió con su naturaleza, sus lugares hermosos, una capital muy especial y un desconocido que nos hizo sentir como en casa.