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lunes, 30 de agosto de 2010

Flasheando en Amsterdam

Nos despedimos de Colonia en tren bala. Durante el viaje nos comimos unos fideos a la bolognesa, fríos pero muy buenos, mirando el bosque que acompañó durante gran parte de la travesía, y tras poco más de 3 hs llegamos a la tierra prometida, Amsterdam. En la estación nos esperaba Bram, un holandés del sur, enfermero, que vive desde hace casi un año en la ciudad. Nos subió al tranvía que iba para su casa, en el lado Oeste de la ciudad, y se fue en bicicleta, asegurándonos que estaría en la estación para cuando nosotros llegáramos. Pasamos los 30´del viaje pegados a la ventanilla, los edificios antiguos, las calles y canales que se abrían para todos lados nos daban ganas de saltar y empezar a conocer Amsterdam. Cuando llegamos a la última estación Bram ya estaba ahí con su bici, que es el mejor medio de transporte para recorrer Amsterdam, hay kilómetros y kilómetros de bicisenda y se puede alcanzar cualquier punto de la ciudad más rápido que con cualquier otro medio de transporte, gratis y haciendo ejercicio. Los holandeses las aman y realmente son parte de su cultura. Por eso, las bicicletas están por todas partes, son las dueñas de la calle, incluso más respetadas que los peatones.

Caminamos unas pocas cuadras hasta su departamento. Era en un barrio del estilo de Puerto Madero, pero más popular. Edificios modernos rodeados por canales y diques con patos y cisnes. Muy tranquilo. El depto era enorme, con un balcón espectacular y mucho espacio para albergarnos. Decidimos que era buen lugar para hacer nuestro primer intento de comida casera a la argentina, así que Bram degustó un pastel de papas que por suerte salió buenísimo.

Esa misma noche salimos de copas con su grupo de amigos. En bicicleta obviamente. Tomamos unas cervezas, para variar, pero estas fueron en un típico bar holandés, al lado de uno de los tantos canales que tiene la ciudad. Estábamos alucinados. La gente resultó muy buena onda. Hablamos un rato largo con una pareja que acababa de volver de sus vacaciones en República Checa, adonde habían ido en… ¡bicicleta!

El segundo día decidimos caminar la ciudad. Todavía no habíamos visto nada y nos parecía que era la mejor opción. Cada cuadra fue un descubrimiento, la ciudad es completamente hermosa, llena de canales y puentecitos. Las casas tienen una identidad particular, muy parecidas entre sí, pero con detalles que las distinguen (azulejos pintados en las entradas, postigos de madera con diferentes dibujos…). La mayoría son del 1600 y como la tierra es muy blanda (toda Holanda era tierra pantanosa) con el pasar del tiempo los cimientos se fueron venciendo, por lo que están todas torcidas, hacia ambos lados, atrás y adelante!

El estilo arquitectónico tiene algo similar a Nueva York, lo cual tiene su lógica porque antes de que los ingleses fundaran Nueva York, los
holandeses se asentaron en esa tierra llamándola “Nueva Amsterdam”.

Además de ser maravillosa, Amsterdam está llena de vida y de una energía muy particular. La gente brota de las callecitas y se ven caras de todo tipo y color. Caminamos todo. Descubrimos los miles de “coffee shop” (no fue muy difícil, el aroma nos guiaba), las tienditas de “hongos mágicos” y las puertitas de “las chicas”. La zona roja trabaja dia y noche, los 365 días del año...siempre hay algún interesado... Es increíble lo bien que se articula lo pintoresco de los canales, con las drogas y la prostitución. Es todo muy natural, muy relajado.

Amsterdam es uno de los lugares más liberales y progresistas del mundo. En los 60’, se convirtió en el centro de prostitución de Europa, y su zona roja es hasta hoy una de las mayores atracciones de la ciudad. El regenteo de prostitutas es ilegal. Ellas son profesionales independientes, que pagan alquiler por sus habitaciones (40 a 80 euros por día), y están nucleadas en una especie de sindicato, al que recurren para hacer valer sus derechos y preservar su seguridad. Además, la venta y consumo de marihuana también es legal en todo Holanda desde 1976, y hasta como prescripción medicinal. Los coffee shop tienen su menú de marihuana junto al de bebidas, pero la venta se realiza sólo adentro y no están habilitados para comercializar alcohol en el mismo lugar. Ni hablar de que el casamiento gay es moneda corriente hace ya varios años y que fue el primer país en aceptar la eutanasia médicamente asistida...y podríamos seguir… Ciudades como Amsterdam son absolutamente cosmopolitas y multiculturales. La gente es muy tolerante y abierta a la diversidad. Realmente envidiable.

Volvimos a casa completamente enamorados de la ciudad y felices de que todavía nos quedara tanto tiempo para recorrerla. Esa noche nos tomamos unos mates y unas cervezas con Bram en su casa y conocimos a su vecino Maurice, un holandés aficionado a la salsa que nos dio el dato de una fiesta al día siguiente.

A la mañana siguiente nos despedimos de Bram, porque esa misma tarde se iba a Lowland, un mega festival de música que duraba 4 días. A partir de ese momento, empezamos a jugar de locales. ¡Teníamos nuestro propio departamento y bicis para recorrer Amsterdam! Recorrimos los dos cinturones principales de la ciudad. La línea de parques, el lago, el Este y el Oeste. Vulqui armó varios recorridos en bici para poder ir conociendo distintas partes de la ciudad.

El clima nos acompañó bastante y pudimos ver el Amsterdam Sail 2010, que es una especie de desfile de barcos antiguos. Encontramos un lugar preferencial frente al río y vimos pasar barquitos y fragatas enormes, algunas del siglo XVI. Buen programa para la tarde.

Esa noche nos fuimos a bailar salsa con Maurice. El lugar de la fiesta era una antigua central de gas, que había sido remodelada, y en cada galpón funcionaba un bar o un club distinto con su onda particular. La fiesta de salsa tenía su parte al aire libre y estaba llena de latinos que iban a despuntar el vicio del baile, y la verdad le pasaban el trapo a cualquier europeo que lo intentara.

Nuestro cuarto día fue de bicicleta intensiva. Tanto, que hasta chocamos entre nosotros. El saldo fue una mano y un codo doloridos por varios días. Como descanso, decidimos ir al museo de Van Gogh que los viernes abre hasta la noche. Tiene pinturas, dibujos y las cartas de Vincent a su hermano.

La vuelta en bicicleta costó demasiado. Vicky estaba destruida. Fue directo a la cama y ya no pudo recuperarse esa noche. Vulqui, con una reserva de energía, se fue a tomar algo al mismo lugar de la fiesta de salsa, pero no encontró demasiada movida. Todavía quedaba el sábado para conocer la noche de Amsterdam.

Después de tanto andar decidimos tomarnos unos días con calma. El fin de semana fue muy relajado y con más vida nocturna que diurna.

El sábado, abandonamos la bici por un rato y nos hicimos el recorrido entero de una de las líneas del tranvía que pasaba por lugares que no habíamos visto todavía. Nos limitamos a sentarnos y mirar por la ventana. Estuvo bueno, fue como un citytour por el precio de un boleto de tranvía.
La noche fue otra historia. Vimos la zona roja en todo su esplendor. Todas las puertitas tenían una chica adentro mostrándose para atraer algún cliente. Flacas, gordas, rubias, negras, intelectuales… de todo. Los hombres, y algunas mujeres, iban en filita por callejones bien angostos. Siempre alguno quedaba en el camino. Para completar la recorrida nocturna, nos fuimos a un “nightclub”. Después de buscar sin éxito el que nos había recomendado Bram, decidimos entrar a uno en la plaza principal del lugar. Nos sentamos a escuchar buena música un rato, pero ¡no teníamos piernas para bailar! Observamos, tomamos algo, y bicicleteamos a casa.

Si el sábado nos lo tomamos con tranquilidad, el domingo fue un relajo total. La lluvia contribuyó a que demoráramos cada vez más la salida, y finalmente, cuando decidimos activar, a Vicky se le pinchó una goma y poco después de salir tuvo que volver a dejar la bici (como era domingo no encontramos donde arreglarla).

Aunque un poco accidentada, nuestra última noche en Amsterdam fue excelente, como toda nuestra estadía allí. Comimos nuestros sándwich con las patitas colgando en un canal, volvimos a andar las callecitas del centro y tomamos nuestra última cerveza en un barcito típico. Volvimos a “casa” pensando en lo difícil que iba a ser para el resto de las ciudades superar a Amsterdam.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Pateando Colonia

Giorgio nos dejó en la estación del “tram” en Colonia, y mochila en mano, nos embarcamos hacia Köln-Nippes, nombre del barrio de Michael, nuestro anfitrión en Colonia (que estaba durante el fin de semana en un casamiento en su pueblo).

Eran más de las 8 de la noche y teníamos que hacer tiempo hasta las 10 para que llegara una de las “room mates” de Michael a abrirnos la puerta. No había nadie y todo estaba cerrado, pero andando un poco encontramos un restaurant griego. Como la mayoría de los lugares, tenía un shawarma y varias opciones de menú en base a eso. Lo atendía una pareja de gente grande, griegos obviamente. No hablaban una gota de inglés, ni nosotros de griego o alemán. El pedido fue a dedo, mechando las pocas palabras que sabíamos. Nosotros comimos muy bien, y ellos se cagaron de la risa.

Juntamos fuerzas para irnos. Hicimos campamento en la puerta de Medweg 12, y al rato apareció Romir con una sonrisa enorme y los brazos abiertos. Se excusó diciendo que no hablaba inglés, y no mentía, pero lo compensó con la simpatía. Subimos, nos mostró nuestro cuarto (el de Michael), y no la volvimos a ver.

Colonia resultó ser más linda de lo que esperábamos. Colognia Agrippina fue ciudad romana, por lo que hay algunos vestigios de torres, murallones y portales de ingreso de aquel tiempo. Paralelamente, es hoy una ciudad de estudiantes, por lo que hay mucha gente joven y de otros pueblos de Alemania, lo que le da una vida especial. La principal atracción es su Catedral gótica que se empezó a construir a mediados del 1200 y se terminó a fines del 1800. Es el centro de todo “lo importante” y alrededor no se puede construir nada que la supere en altura (se ve desde bastante lejos). Es el símbolo y orgullo de Colonia. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, cuando toda la ciudad fue destruida, pero se la conservó porque servía de guía a los pilotos de avion. Tiene dos torres enormes y se puede subir a una de ellas. Dejamos los pulmones en los más de 500 escalones en caracol, pero valió la pena. Una vista espectacular de la ciudad en un día completamente soleado. Anduvimos todo el día, caminamos la ciudad antigua, nos tomamos una cerveza frente al Rhin y volvimos caminando a casa.
En el camino, Vulqui tuvo que trabajar. Una mujer chocó con su bicicleta, salió despedida y quedó sangrando e inconsciente en el piso. Así que el Mono Doctor, respetando su juramento hipocrático, corrió a atenderla. Por suerte, la mujer recupero la conciencia en segundos, sólo iba a necesitar algunos puntos y una tomografía, aunque ella estaba bastante shokeada. Pocos minutos después, llegó la ambulancia y nosotros seguimos nuestro camino con una anécdota para contar.

En la casa nos encontramos con Paul, el otro compañero de departamento de Michael. Resultó tan simpático que nos quedamos cenando y hablando con él casi 4 horas. Tanta onda pegamos con Paul, que lo convertimos en un fan del mate! A la mañana siguiente desayunamos con él y se tomó unos cuantos. Un grande.

El segundo día en Colonia fue pasado por agua, pero nos arreglamos con un paraguas y medio, para ir al museo Ludwig de arte moderno. Muy bueno! Muestra de Roy Lichtenstein bastante interesante y sobre todo, un edificio con muy buenas vistas de la ciudad.

A la noche, finalmente nos encontramos con Michael. Nos llevó a la otra parte de su barrio y descubrimos unos lugares de comida turca super abundante y muy barato.

La lluvia nos dio tregua el último día. Estuvo nublado, pero eso nos dejó recorrer el cinturón verde de la ciudad, el parque de las esculturas y la otra orilla del Rhin. Y después de andar toda la tarde, tuvimos nuestro último encuentro con Michael. Pateamos un poco más el centro, nos tomamos unas cervezas frente al rio (incluyendo brindis inesperado por el reciente titulo de tio de Michael) y nos llevó a comer el típico currywurst al único punto de la ciudad que no habíamos conocido. El lugar, tipo fastfood de estos chorizos, tenía una clasificación de las salsas según el grado de picante. Iba del 1 al 5, y decidimos ir al 3. Vicky se bajó al 2 en el camino. Ahora, si existía el 5, era porque alguien lo comía, por lo que los chicos decidieron hacer la prueba. No fue buena idea… estuvieron un buen rato en llamas, con la lengua ardida y transpirando como locos.
Previa cerveza en un bar del camino, nos despedimos de Michael. Colonia había estado muy bueno, pero ahora llegaba Amsterdam!

Frankfurt y el falso chucrut

El viaje zafó dentro de todo y después de unas cuantas horas, previo trasbordo en San Pablo, llegamos a Frankfurt. En migraciones, como era esperable, Vulqui pasó sin problemas, enarbolando su pasaporte italiano. Vicky tuvo un poco más de tiempo de trámite, pero sin problemas. La mega carpeta con la documentación precisa que acreditaba que no había intenciones de permanecer como ilegal, casi no fue necesaria.

Del otro lado del vidrio nos esperaban Daniel y Sebastian, dos alemanes copados que no sólo no viven en Frankfurt, sino que casi no nos conocían, y se ofrecieron a buscarnos por el aeropuerto y llevarnos al hostel. Muy buena onda. Nos llevaron en auto, nos cambiamos, y salimos a caminar la ciudad con ellos.

La zona del hotel, era una “mala zona” para ellos, no porque quedara a metros de la estación principal, ni a 5’ del centro, sino que era lugar de prostitutas, borrachines y demás viciosos. Eso no fue un problema, todo lo contrario, fue bastante interesante.

Frankfurt es una ciudad financiera, llena de rascacielos modernos, pero todo mezclado con edificios antiguos, calles pintorescas y una rambla muy linda, algo muy común para los locales, pero sorprendente para nosotros. Con ellos, hicimos nuestra primera incursión en el “currywurst” (una salchicha alemana con una especie de salsa barbacoa y espolvoreada con curry, que está buenísima ), y descubrimos que los alemanes desconocen el chucrut. En realidad, la comida en si existe y se llama “sauerkraut”, pero el término “chucrut” no existe, ni siquiera para otra cosa (creemos que el origen del nombre es en realidad polaco).

Estuvimos poco más de dos días en Frankfurt. Lo suficiente. Caminamos la ciudad de día y de noche. Descubrimos ferias en las que podíamos comer por poca plata y rodeados de locales. Fuimos al zoológico, muy lindo, tipo temaiken pero más grande, muy buen acuario, gorilas y monos de todo tipo y hasta un aguara guazú. Nos cruzamos turistas de todos lados. Vimos autos increíbles estacionados en la calle, conejos saltando por el parque y empezamos a hacernos a la idea de que estábamos en Europa.

Dejamos Frankfurt en un “prívate car”, que es algo así como alguien que comparte su auto dividiendo gastos. El chofer designado era Giorgio, alemán hijo de griegos, que trabajaba durante la semana en Frakfurt y viajaba todos los viernes a su pueblo, cerca de Colonia. Resultó ser un personaje interesante, cuya verdadera vocación era ser representante de jugadores de futbol. La charla pasó mucho por el fútbol, pero también por la cultura en Alemania y en Grecia.