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martes, 21 de septiembre de 2010

Benny a Bélgica

Nuestro primer acercamiento a Bélgica fue en Antwerp. Nuestro tren llegaba al mediodía y recién nos encontrábamos con Benny a la tarde, por lo que teníamos un rato para conocer la ciudad. Sanne había hecho todos los arreglos desde Rotterdam para que nos encontráramos con Dennise, su hermana, en la estación (Vulqui también la conocía de Asia). Así que una vez más, teníamos a un local al lado para contarnos los secretos de la ciudad, ¡buenísimo!

Con Denisse le sacamos el jugo al tiempo que teníamos. Caminamos el centro, la costanera, la zona roja. Todo super pintoresco, con un estilo todavía bastante holandés (Antwerp está en la región “Flandes” del país). Como escala obligada nos sentamos a tomar la cerveza característica de la ciudad.

Si en Alemania y Holanda habíamos tomado cerveza, en Bélgica no íbamos a tomar otra cosa. Cada ciudad y cada región tienen una cerveza característica. Además, están las “trapist” que fueron hechas por los monjes de una abadía respetando las normas tradicionales, y están las “abbey” que son como las “trapist” pero más industriales. Como si esto fuera poco, las hay desde graduaciones alcohólicas de entre 3 y 5% hasta otras de entre 11 y 13%. Las cartas de bebida son interminables. Acorde con esto, cada variedad es servida en un vaso completamente distinto. Cada una en el recipiente que corresponda. Algunas en chop, otras en copa ancha, y hasta en vasos de base redonda que necesitan un soporte para no caerse. Así, en todos los bares. Tan importante es esta bebida en Bélgica, que una de las gatas de Dennise se llama “Cerveza” y el hit del momento no para de repetir en perfecto español “dos cervezas por favor” (les recomendamos que vean el video bizarro en youtube).

Como sólo de cerveza no se puede vivir, los belgas tienen otra pasión: las papa fritas. Hay por todas partes y en todas las ciudades, puestos de frituras varias, especialmente papas fritas. Venden conos de todos los tamaños con una variedad de salsas que no tiene nada que envidiarle a las cervezas. A diferencia de nosotros, ellos fríen las papas dos veces, una para cocinarlas por dentro y otra para que quede bien crocante el exterior. Después de probarlas, apoyamos su reclamo de que en inglés, en lugar de “french fries” se las llame “belgium fries”.

Después de cerveza y papas fritas, la última parada fue la casa de Dennise. Muy bien ubicada en el centro. Es un depto bastante grande un edificio del 1600. ¡Vive en una reliquia! Un lugar con tanta historia que cuando se entra es imposible no pensar en la cantidad de gente que pasó por ahí en tantos años.

La pasamos muy bien charlando y nos colgamos un poco con el tiempo. Era tarde para el encuentro con Benny, por lo que salimos corriendo a la estación. Llegamos y ahí estaba, después de 20 minutos de espera, con una sonrisa y sin haberse sorprendido de nuestra demora. Sacamos pasaje y nos fuimos a Saint Niklas, su ciudad.

La noche en Sint Niklaas fue familiar. Cenamos con Benny y su mamá, Drina, una mujer muy dulce y con muy buena mano para la cocina. Estuvimos comiendo por 2 horas y terminamos con 3 kg demás en una sola comida que, obviamente, incluía papas fritas.

Vulqui y Benny se pusieron al día hasta entrada la madrugada. Finalmente todos nos fuimos a dormir, al día siguiente empezaba nuestra recorrida por Bélgica.

Flandes, Bélgica del Norte
Después de un desayuno contundente, salimos en tren a Brujas. Habíamos escuchado un montón de esa ciudad: que era de cuento, muy linda, muy cuidada, etc., etc.. Después de recorrerla un rato, lo confirmamos, pero para llegar a esa conclusión había que abstraerse bastante de la cantidad de turistas. Estaban por todos lados, como hormigas salían de las callecitas, que eran muy lindas por cierto. No es que renegáramos de ser turistas, pero realmente era bastante difícil disfrutar de un lugar tan lleno de gente. Tal vez el hecho de que fuera sábado contribuía a que estuviera particularmente concurrida. Sea por lo que fuere, Brujas no nos mató como esperábamos.

Le dedicamos un par de horas para caminarla bastante y decidimos seguir camino hasta nuestro próximo destino: Ghent.

En su viaje por Asia, más específicamente en Nepal, Vulqui conoció a Liz, una belga de Ghent que le había hablado mucho de su ciudad, y hasta había asegurado que le pasaba el trapo a Brujas. Sabíamos que no íbamos a poder encontrar a Liz ahí porque estaba volviendo de un viaje por Thailandia. Lo que sí podíamos hacer era comprobar si había exagerado o no.

El tren nos dejó en la estación más lejana al centro, por lo que fuimos internándonos en la ciudad de a poco. Ghent es una ciudad estudiantil. Mucha gente de todo Bélgica se muda ahí durante sus estudios, incluso Benny estudió y vivió en Ghent. Las clases no habían empezado todavía, por lo que estaba un poco desierta.

Fuimos avanzando en nuestra recorrida y encontrando lugares cada vez más interesantes. Finalmente, nos topamos con un espacio lleno de edificios impactantes, por su tamaño y por su estilo. Todos hermosos. Terminamos en un puente sobre un canal y en ese punto realmente no pudimos creer que no habíamos escuchado más sobre esa ciudad. Estuvimos un rato admirando los edificios, el agua, los detalles, mientras el sol bajaba y la luz se volvía perfecta para las fotos. La caminata desembocó en un fuerte, ¡en el medio de la ciudad! Eso terminó de convencernos de que la ciudad era realmente especial. Definitivamente Liz tenía razón.

Para superar la sorpresa, nos sentamos en un bar a la orilla del canal. Benny se ofreció para pedirnos la cerveza tradicional del lugar. 11% de alcohol!!! Y lo peor es que no se sentía. Fue como hacer un 3 en 1. Muy rica, pero peligrosa. Pudimos superar la prueba sin morir en el intento. Cargamos pilas y salimos a andar de nuevo, ahora con todo iluminado porque ya era de noche.

No fuimos lejos. Benny nos metió en una calle mínima donde se escondía un barcito de igual tamaño. Vendían sólo ginebras saborizadas. Habíamos zafado de caer con la cerveza, pero esto era lo que faltaba para “entonarnos”. Nuestra escala fue muy corta, duró lo que Benny tardó en pedir 3 ginebras de mango y en tomárnoslas de un trago. Ya podíamos seguir (¿podíamos?).

La ciudad era tan linda de noche como de día. Los edificios estaban iluminados de una forma muy artística y se volvían incluso más impactantes.

Nos paramos en una esquina por unos minutos y se nos acercaron 2 chicos. Uno vivía en Brujas y el otro en Ghent, por lo que les contamos nuestra experiencia con las dos ciudades. Como nosotros, terminaron reconociendo que Brujas estaba “sobrevaluada” y Ghent tenía mucho para dar también. Fueron muy simpáticos y nos invitaron a ir con ellos al canal. Llámenlo ingenuidad latina, problemas de idioma o borrachera pasajera, pero los dos pensamos que eran dos extraños que habíamos cruzado por casualidad y habían tenido buena onda. La parte de la buena onda fue real, pero estos chicos resultaron ser amigos de Benny. La pasamos muy bien con ellos. Charlamos de la vida en Bélgica, la política, los intentos de separación del país y algunas banalidades también.

Se hacía tarde y teníamos que tomar nuestro tren a Saint Niklas (el último pasaba a las 23hs, sino teníamos que esperar el próximo hasta las 6 del día siguiente). Corrimos bajo la lluvia hasta la estación y llegamos justito.

No teníamos ganas de irnos a la cama, así que Benny encontró la revancha: un bar/boliche en el medio de Saint Niklas. Estuvo muy bueno. Bailamos y miramos a la gente durante un rato. Claramente Benny tenía más energía que nosotros, porque después de ese nos llevó a otro lugar, pero ya no nos daba el cuero y abandonamos la nave después de un ratito. Previa compra de unas papas fritas, nos fuimos a la cama. Había que recuperarse para el día siguiente, teníamos que ver qué nos deparaba el Sur.

Valonia, Bélgica del Sur
Costó un poco levantarnos, pero teníamos razones para ponerle energía. Esta vez la recorrida era en auto porque nos íbamos un poco más lejos. El destino era Dinant, una ciudad a 300 km de Saint Niklas, en el Sur de Bélgica, la parte franco parlante. Íbamos a ver un famoso fuerte y cómo era la vida en la otra Bélgica.

El clima no ayudaba. Estaba bastante fresco y amenazaba con llover en cualquier momento. Ese momento fue exactamente cuando nos bajamos del auto. En realidad, mientras subíamos el teleférico al fuerte.
Paraguas en mano, hicimos el tour por esta construcción del 1000 y pico que había sobrevivido a varias guerras a lo largo de los siglos. Muy bien conservado. El tour fue en francés por lo que entendimos la mitad.

Además del idioma, todo resultaba más francés. El estilo de las casas, el pasiaje más ondulado. Caminamos un poquito la ciudad, pero como era el día más frío desde que habíamos llegado al viaje, nos metimos en un bar a tomar algo caliente apenas pudimos.

El clima no nos dejaba hacer mucho más y nos iba a llevar un largo rato volver, así que emprendimos la vuelta. Después de traspasar una tempestad en el medio de la ruta y hacer una pequeña escala para ver un castillo real a lo lejos, le metimos pata. Teníamos que llegar para cocinar. El menú era un buen guisito, ideal para ese día, y los comensales eran la mamá, la tía y Benny. ¡Otro éxito culinario! Hasta lo acompañamos con un vinito argentino y todo. Pasamos una noche muy linda. Drina nos regaló unos chocolates belgas (otra cosa en la que son especialistas), que nos acompañarían por largo rato en el viaje.

Nos despedimos de Bélgica en familia, para terminar de sentirnos como en casa.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La moderna Rotterdam

El viaje en tren fue más corto de lo que esperábamos, se nos pasó volando. Estuvimos especulando durante el trayecto cómo sería Rotterdam, ya que nos habían hablado mucho y sabíamos que no tendría nada que ver con Amsterdam o Leiden. Sanne y Linda nos esperaban afuera de la estación en su autito rojo.

Después de un par de días soleados, no quedaba otra que volviera la lluvia. Holanda ya nos había acostumbrado a ese ritmo climático. Llegamos a la casa con la lluvia, así que no nos quedó otra que quedarnos adentro, charlando y comiendo, dos cosas que nos cuestan muy poco. Cocinamos chipá, nos tomamos varias jarras de té y le sacamos punta a la lengua. Afuera seguía lloviendo copiosamente. Unas horas más tarde se sumó Eline, la tercera de “las chicas holandesas”. Hasta allí, Rotterdam era para nosotros esa casa super alegre y colorida, donde el único hombre era un conejo llamado Buzz. Vulqui estaba contento de no tener mucha competencia.
Incluso tuvimos tiempo para improvisar una clase de español para las chicas que tienen planeado ir a Centro América en breve. Cada una demostró sus conocimientos y Sanne se despachó con la frase que mejor le salía en español: “Estoy muy caliente”, afirmó. Claro, no sabía lo que decía, Eline le enseñó esa frase haciéndole creer que estaba diciendo “Tengo calor”. Bueno, tal vez le resulte más útil en algún momento.

La tormenta nos dio una tregua a la noche y los cinco nos fuimos de copas. Las chicas nos llevaron al café del “Hotel New York”, que lleva su nombre porque durante el siglo 19 era el lugar desde donde partía la ola migratoria de Holanda a América, debido a persecuciones religiosas o para escapar de la pobreza. De hecho, mucha gente viajaba desde Europa del Este hasta Rotterdam, ya que era una de las pocas ciudades que mantenía un servicio directo principalmente a New York. Por todo esto, el Hotel simula un barco y está ambientado con cientos de detalles que rememoran esa época. Las chicas nos eligieron una cerveza de mujer y otra de hombre, y brindamos en ese bar con historia.

Por lo poco que vimos desde el auto, la ciudad era completamente distinta al resto de lo que habíamos conocido de Holanda. Durante la Segunda Guerra Mundial, Rotterdam fue una de las ciudades más dañadas. Completamente destruida por las bombas, empezó a reconstruirse al finalizar la guerra y continúa su creciente urbanización hasta hoy.

Existe una rivalidad con Amsterdam “la linda”, pero las abuelas cuentan que Rotterdam supo ser una ciudad más pintoresca antes del bombardeo. No pudimos comprobarlo, pero lo que sí pudimos ver es que la ciudad sacó ventaja de la situación y, en lugar de reconstruir la antigua arquitectura, creó un nuevo estilo muy moderno y artístico.

El segundo día le hicimos frente a la lluvia y provistos de dos medios paraguas, salimos al Sanne-tour por Rotterdam (Sanne es guía de turismo y nos armó un recorrido muy interesante). Arrancamos en bici al centro. Cada uno con la suya, excepto Vicky que iba atrás de una de las chicas (increíblemente más estable que ir en la bici con Vulqui). A primera vista ya era evidente la diferencia: grandes edificios, muy modernos, de formas locas. Las que más llamaron nuestra atención fueron las casas cúbicas. En el centro de la ciudad, junto al antiguo puerto y detrás de la biblioteca, descubrimos unos cubos de madera dispuestos como rombos, todos iguales, pintados de amarillo y con techo de chapa. ¡Teníamos que entrar! Una de las casas era un museo, por lo que pudimos ver que esta gente vive con paredes diagonales, pero no necesitan controlar la gravedad, ya que el suelo está en el lugar tradicional.

Seguimos el recorrido por la ciudad sorprendidos de encontrarnos en cada esquina con una obra de arte o algún elemento de diseño. Hasta cruzamos a un enano de jardín de 5 mts (no tan enano) con un consolador en la mano. Bizarro…

Después de un rato de andar, llegamos al famoso puerto. En realidad, a un pedacito mínimo. Rotterdam tiene el puerto más grande de Europa y uno de los 5 más grandes del mundo, con barcos gigantes que lo atraviesan a diario. Bastante impresionante.

El tour fue corto pero rendidor. Debíamos volver a la casa, éramos los encargados de la cena y teníamos invitados a comer: Michel, una amiga de Sanne, y Bram, que venía desde Amsterdam a visitarnos y a conocer a las chicas. Esta vez teníamos que hacer las empanadas. La buena noticia fue que encontramos tapas de tarta y logramos que se vieran bastante parecidas (hicimos de carne, humita y jamón y queso), la mala es que no tenían gusto a empanada ni por asomo. Por suerte, teníamos a Bram, un fan de nuestra comida, entre los comensales, y volvió a hacernos los honores en Rotterdam. Tuvimos una noche espectacular entre amigos. Por suerte todos pegaron buena onda y el incidente culinario pasó desapercibido.

Bram se quedó a dormir también y tuvimos nuestro último desayuno en Rotterdam todos juntos. Muy gracioso. Linda nos llevó a los tres a la estación y terminamos despidiendo nosotros a Bram en Rotterdam. Él volvía a Amsterdam y nuestro próximo destino era Bélgica.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Leiden, la petit Amsterdam

El día que dejamos Amsterdam llovía a cántaros. Nos tomamos el “tram” a la estación central y nos encontramos con que muchos trenes estaban demorados por la lluvia. El nuestro no era la excepción. Parecía una señal de que no teníamos que dejar la ciudad, pero después de un rato de esperar y preguntar, finalmente sonó el silbato y partimos.

En Leiden nos esperaba Rajko que, como buen holandés, había ido hasta la estación en bicicleta. Como con Michael y Bram, era raro para Vulqui volver a verlo, pero a la vez una alegría inmensa.

Después de una pequeña caminata, llegamos a lo de Chris, su mamá, ya que en su depto de estudiante no había suficiente lugar para quedarnos. Así que nuestra estadía en Leiden fue en una casa típica, de esas de varios pisos, escaleritas angostas y techo a dos aguas, como las que veíamos cuando caminábamos por la calle. Una casa hermosa con un jardín espectacular muy bien cuidado por su dueña.

Llovía de a ratos, por lo que nos quedamos charlando mientras esperábamos que pasara. No tardamos mucho en salir a caminar la ciudad, y para nuestra sorpresa, nos encontramos que Leiden era muy parecida a Amsterdam. Las casas eran muy similares y los canales estaban por todos lados. Era una Amsterdam más tranquila, sin el centenar de prostitutas y coffe shops, o por lo menos no a la vista. Silenciosa y muy armónica, como de cuento.
Después de caminar por los canales y las callecitas, y de asombrarnos de lo que para Rajko era cosa de todos los días, nos sentamos en un bar flotante a tomar la cerveza obligada. De la lluvia no quedaban rastros.

Quisimos hacer la cena y unas empanadas sonaban bien, pero después de buscar por todos los medios los elementos para hacerlas, tuvimos que volver al querido pastel de papas. Tuvo buena aceptación en la cena familiar, ¡y eso que teníamos bastante presión! (Rajko es chef).

A la mañana siguiente, salimos a caminar Leiden solos. Rajko tenía que hacer algunas cosas y quedamos en encontrarnos al mediodía para hacer una recorrida por los alrededores. Después de andar un rato nos chocamos con los típicos molinos de viento y terminamos de confirmar que estábamos en Holanda.

Empezamos nuestro road trip por Holanda. La primera parada era la playa, a sólo 20 minutos de Leiden. Desde el auto, el cielo se veía casi sin nubes y el sol se hacía sentir. Estacionamos en un balneario que era como Pinamar sin pinos. Nos encontramos con un mar marrón y arena oscura, perfecto para no extrañar tanto casa, o no. Nos clavamos las ojotas y nos aventuramos a la orilla, pero un pseudo tornado no nos dejó avanzar. Agarrados para mantenernos en el suelo, caminamos paso a paso (como diría Mostaza) contra viento y marea, hasta un refugio detrás de unas sombrillas. Dejamos de pensar que era seguro después de ver cómo salían volando algunas y nos pasaban a centímetros de la cabeza. Después de un rato abortamos la misión playera y nos retiramos a tomar algo en uno de los paradores que, por obvias razones, estaba vacío.

Seguimos nuestro mini tour hacia el campo. Nos encontramos con algunas plantaciones de flores de todos los colores, que de lejos parecían dibujos en la tierra. Espectacular. Como Holanda está llena de agua, el pasto es de un verde super intenso y hay mucha vegetación. Nos cruzamos canales dentro y fuera de las ciudades. El agua está por todas partes.

Volvimos a casa habiendo estado en la playa y en el campo en una misma tarde. Esa es la ventaja de un país chiquito donde todo queda cerca. Como a varios de nuestros anteriores anfitriones, también a Rajko hicimos parte de nuestra evangelización matera. Chris no podía cenar con nosotros porque tenía un compromiso, pero nos había dejado una cena riquísima. ¡La mejor comida en lo que iba del viaje!

Para festejar nuestra última noche en Leiden, fuimos a tomar unas cervezas (no podríamos decir cuántas) en una taberna holandesa con mucha madera y un subsuelo con mesa de pool. Se sumaron a la mesa algunos amigos de Rajko muy buena onda. Entre ellos, Claudia, hija de peruanos, pero que vivió toda su vida en Leiden. La combinación ideal. Fue ahí cuando descubrimos que la técnica de levante de los holandeses es nula. Créannos, un argentino en estos pagos podría hacer desastres realmente.

Nos despedimos de Rajko a la mañana siguiente en la estación del tren. Nosotros partíamos hacia Rotterdam, y él a Amsterdam, a ver el debut de su sobrino de 10 años jugando en las inferiores del Ajax.