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sábado, 2 de octubre de 2010

Bruselas, más que repollitos

Sólo nos quedaba un destino por conocer en Bélgica: Bruselas. Una ciudad de la que no nos habían dado buenas referencias, pero que se la disputan entre Flandes y Vallonia. Geográficamente, Bruselas queda en la región de Flandes, pero en su mayoría es franco parlante como Valonia. Como si fuera poco, los habitantes de esta capital de un país tan dividido, no se sienten ni de uno ni del otro lado. Bruselas es, entonces, la tercera región de Bélgica (o la cuarta si se cuenta la parte que habla alemán en el límite Este). Realmente paradójico que un país con una superficie menor a cualquier provincia de Argentina tenga tantas divisiones.

Con todo esto encima, decidimos dedicarle un día y una noche a la ciudad. Partimos en tren desde Sint Niklas y llegamos a la estación central. Nuestro anfitrión en Bruselas era Robin, un couch surfer que en enero nos había visitado en Buenos Aires con su novia Colline. Aplicamos el famoso “hoy por ti, mañana por mi” y paramos en su casa de estudiante, de la que se estaba mudando en pocos días.

Desde la ventanilla del bondi, Bruselas ya acaparó nuestra atención. Nos bajamos con las indicaciones de Robin, quien nos esperaba en su casa para compartir un tecito. La casa estaba muy buena para 4 universitarios (y para no universitarios también). Tenían hasta su propia huertita y los zapallos se veían a través del techo de la cocina. Después de un rato de charla con él y una de sus convivientes, se ofreció a pasearnos un rato.

Para preciarse de tal, una buena recorrida por Bruselas, tiene que ir acompañada de las tradicionales papas fritas, por lo que el primer objetivo fue encontrar uno de los puestos recomendados por nuestro guía. Se nos complicó un poco porque ya era bastante tarde para almorzar. Sin embargo, la búsqueda nos llevó por lugares espectaculares.

Arrancamos cerca de su casa, en un barrio de portugueses. Todas las persianas de los locales estaban grafiteadas con mucho color. El reemplazo propuesto para las papas fritas era un pan portugués, pero tampoco lo conseguimos. Siguió el barrio africano. Robin nos llevó dentro de una galería en la que el 90% de los locales eran peluquerías, todos los clientes eran negros y las manicuras eran rubias de ojos claros. Definitivamente una ciudad multicultural con todas las letras.

El recorrido étnico nos llevó a una panadería turca y calmamos nuestro hambre voraz con un par de dulces. Eso nos dio un poco de energía para seguir recorriendo. Pasamos a través de un barrio tipo San Telmo, lleno de casas con antigüedades, pero popular. La diferencia es que todavía mantiene en su mayoría sus habitantes originales, más humildes, y no fue copado por casas reacondicionadas en lofts y otras yerbas.

Finalmente encontramos un buen lugar para comer las famosas papas. Comimos de la forma tradicional, y por supuesto, con cerveza. Aprovechamos para probar algunas otras frituras, pero las papas la seguían rompiendo. Con panza llena, fue más fácil disfrutar del recorrido.

Bruselas tiene principalmente una arquitectura francesa. Mucho balconcito francés con reja de hierro forjado, lo cual resultaba muy pintoresco y de alguna manera nos traía cierta añoranza a Buenos Aires. De hecho, nos recordaba también a otras ciudades sudamericanas como a la ciudad vieja de Montevideo y a los callejones y escalinatas de Lapa en Rio. Mucho grafitti y mural con personajes de historietas como Tin Tin, un belga conocido. Sin embargo, parece que la arquitectura de Bruselas no es muy apreciada. Los entendidos usan el término “bruselización” para describir una ciudad caótica. Bruselas mezcla arquitectura de diversos estilos y cuando se tiene una vista aérea, se pueden descubrir algunos edificios bastante toscos justo al lado de construcciones antiguas y delicadas. Más que caótica, nosotros la consideramos “ecléctica”.

Las reminiscencias latinas desaparecieron en cuanto pusimos un pie en el “Mark Grose”, la plaza central de Bruselas. Volvimos a Europa. Tremendos edificios, todos muy ornamentados y monumentales. Nos quedamos un rato admirados con la vista 360. La lluvia nos volvió a la realidad. Buscamos un refugio en el balcón de uno de los edificios y nos sentamos a seguir disfrutando del paisaje, realmente impactante. A la vuelta de la esquina, nos esperaba el “manneken pis”, chiquito pero famoso. Lo miramos un rato, pero nos ganó el olorcito que venía de un puesto a pocos metros. Otra especialidad belga: los waffles. Probamos y repetimos. Papas, cerveza y waffles, los belgas sí que saben comer.

Robin nos tenía guardada una última sorpresa. Fuimos hasta un estacionamiento de varios pisos en el centro y subimos hasta la terraza. Sin pagar un peso, pudimos tener una tremenda vista aérea de la ciudad. Espectacular. No había grandes edificios alrededor, así que teníamos un alcance interesante. Definitivamente, un paseo completísimo.

Después de mucho andar, la pequeña vejiga de Vulqui pidió pista. En Europa hay muchos “meaderos” públicos para hombres, pero encontramos uno muy particular. Bruselas es la única ciudad del mundo en la que se puede mear la pared de una iglesia de forma legal. El lateral de este templo tiene unos pseudo mingitorios y más de uno se da el gusto. Ojo, es sólo para lo primero.

Tomamos el tram a la casa y compartimos una cena con los compañeros de depto de Robin. Un buen cierre para un buen día.

Llegamos sin muchas expectativas y nos quedamos con ganas de más. Un balance positivo para Bruselas.

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