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lunes, 15 de noviembre de 2010

Empragados

Después de unas cuantas horas de pelis y capuccino en el micro, llegamos a Praga. Otra de las ciudades de las que nos habían hablado mucho, algunos arriesgados hasta le adjudicaron el título de la ciudad más linda del mundo.

La llegada al centro fue muy fácil, ya que Petra, nuestra anfitriona allí, nos había enviado las indicaciones más completas de la historia del couch surfing, incluyendo minutos y giros de 90⁰ y 180⁰. Una genia. Fuimos a conocerla a su oficina, ya que nos había sugerido dejar las mochilas allí e ir juntos a su casa cuando terminara de trabajar. Nos vimos 5 minutos, nos sacamos de encima los bártulos y nos tiró unos tips para recorrer un poco.

La ciudad no es muy grande, por lo que no es difícil encontrar el centro. Si bien República Checa es un miembro de la Union Europea desde hace unos cinco años, todavía no cambió su moneda por el Euro, por lo que se hacía necesario comprar Coronas. Estábamos en eso cuando se nos acercó un gentil caballero en la calle y nos ofreció cambiar a un muy buen precio (nos hizo la cuenta con la calculadora del celu y todo). Nos sorprendimos un poco de encontrarnos un “arbolito” en Praga, y como buenos argentinos desconfiados, miramos el billete de todos los costados. Después de un rato dictaminamos que no era falso y que estábamos haciendo un negoción. Claro, nunca habíamos visto una Corona Checa, ni tampoco hablamos el idioma, como tampoco hablamos húngaro, de donde resultó ser el billete. La cuenta era precisa, el billete era real, pero correspondía a otro país, cuya moneda está un “toque” más devaluada que la checa. Pueden decirlo, somos dos nabos, nos estafaron a lo argento. Lo comprobamos a los pocos minutos, pero por supuesto, el señor desapareció mágicamente. Toda la hora siguiente Vulqui se la pasó corriendo por el centro buscándolo, y Vicky atrás tratando de frenarlo para no se agarre a trompadas.

Se hizo la hora y pasamos a buscar a Petra. Nos fuimos a cenar a un lugar muy cerca donde la comida era excelente. Al ratito se nos sumó Milan, su marido. Entre los dos se lamentaron de nuestra primera experiencia con la ciudad y nosotros de haber sido tan ingenuos. Comimos y bebimos para olvidar y al rato ya nos reíamos de los chistes de Milan al respecto. Charlamos de todo un poco, especialmente de su plan de hacer un viaje de un año por el mundo. Demás está decir que les pusimos varias fichas para que visiten nuestro lado del charco.

Partimos hacia la casa y en el camino pasamos por un bar a buscar a Alex, un alemán que sería huésped junto con nosotros. Milan y Petra, como ya nos habían adelantado, preferían alojar varios couch surfers al mismo tiempo. Ya era tarde y no había podido comer nada, así que nos llevaron a un mega hiper mercado 24 hs. Aprovechamos para hacer nuestras compras, mientras Alex elegía una docena de cervezas. Lo hicimos recapacitar de que la malta no era suficiente alimento y sumó a la compra algún embutido. Además de coleccionar etiquetas de cerveza (claro que primero se las toma), este personaje particular era un técnico espacial o algo por el estilo, por lo que Vulqui se entretuvo charlando de estrellas, galaxias y todo lo que no vemos.

Volviendo a la Tierra, arrancamos nuestro segundo día en Praga despojándonos absolutamente de la experiencia pasada. Cruzamos el río, y nos fuimos a un mirador en los parques del Castillo. Almorzamos con una vista espectacular de la ciudad. Lo especial de Praga es que a diferencia de muchas otras ciudades europeas, no fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que conserva su arquitectura original en toda la ciudad y no sólo en un centro histórico. Es como vivir adentro de un cuento.

Caminamos los parques del castillo y nos fuimos metiendo en el pueblito que lo rodeaba. Visitamos el Museo de juguetes, donde había una exposición por los 50 años de Barbie y muñecos tradicionales de la región, tan buenos que despertaban al niño interior. Volvimos a cruzar con las hordas de turistas, incluyendo muchos argentinos, por el puente Karolo IV, el más famoso de la ciudad. Dimos unas vueltas por el centro y nos volvimos a casa, ya que Milan había cocinado una cena riquísima para los cinco. ¡La pasamos muy bien!

Nuestro último día en Praga, exploramos este lado del río. Caminamos por el barrio judío, espiamos el cementerio y la sinagoga desde afuera, entramos a unas cuantas iglesias y le sacamos varias fotos al reloj astronómico. Turismo intensivo. Después de la recorrida nos encontramos con Petra para tomar algo y después ir al super, ya que éramos los encargados de la cena. Alex ya se había ido, pero vendrían los padres de Petra. Como los dueños de casa habían decidido hacerse vegetarianos hacía unos días, tuvimos que cambiar el menú de cabecera por unas tortillas con ensalada. No sólo la tradicional tortilla de papas, sino que innovamos con una de zanahoria. No lo intenten en sus casas. Así como su hija, los padres resultaros ser muy copados, por lo que después de cenar Vulqui aprovechó para hablar de política checa con el papá, flamante diputado, y Vicky para hablar con la mamá sobre su cultura y las similitudes con la nuestra. Como vivieron muchos años en Estados Unidos, su inglés era mejor que el nuestro y pudimos comunicarnos sin problemas.

Al día siguiente, aprovechamos las horitas antes de despegar y almorzamos con Milan y Petra en una placita del centro. Nos despedimos por un rato nada más, ya que nos fuimos con la promesa de que nos visitarían muy pronto en Buenos Aires.

Al ratito estábamos en un avión a Varsovia, donde estábamos invitados a un casamiento tradicional polaco.

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