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jueves, 11 de noviembre de 2010

Al Este y al Oeste, Berlín

El vuelo Brest-Paris nos dejaba en Charles de Gaulle, mientras que París-Berlin salía del aeropuerto D’Orly. En el medio, teníamos unas 6 horas, pero como ya lo habíamos chequeado con Martín, las posibilidades de ir a pasarlas en el centro de París eran complicadas. Entre horarios de buses, metros y trenes, nos quedaba sólo 1 hora neta de noche parisina. Nos resignamos a pasarla en el aeropuerto. Atrás había quedado la cómoda cama de Roscanvel…

Llegamos a Berlín destruidos. Terminamos en un hostel porque no habíamos tenido suerte con la búsqueda de couch surfing, pero faltaban unas horas para el check-in, así que fuimos a comer algo. Caminamos como zombies por la zona hasta que terminamos en el kebab nuestro de cada día. Berlín merecía ser recorrida con pilas, por lo que volvimos al hostel, dormimos una buena siesta y salimos a conocer la ciudad recargados. Sin un plan, caminamos por la Friedrichstrasse y terminamos viendo los lugares más emblemáticos de la ciudad: Check Point Charlie, la TV tower, la Opera, etc., etc. Un buen comienzo.

Afortunadamente, durante el día habíamos tenido una confirmación en couch surfing y a la mañana siguiente, hicimos la mudanza. Nuestro anfitrión en Berlín iba a ser Daniel. Nos encontramos con él en la estación de metro y caminamos a su casa. Al igual que su novia Vivke, y que la mayoría de la gente que vive en Berlín, Daniel era en realidad de otra ciudad de Alemania y estaba hacía pocos meses allí. Sin embargo, ya tenía identificado un buen puesto de currywurst en la zona, donde almorzamos, por supuesto.

Caminamos juntos por un rato y dejamos a Daniel en la estación central. Pocos minutos más adelante, apareció ante nosotros el parlamento, con su enorme y moderna cúpula de cristal. La cola era infinita, así que decidimos dejar la subida para otro día. En el hotel nos habían pasado el dato de un tour gratuito que salía de la Puerta de Brandemburg, uno de los símbolos de Berlín. No tanto el arco en sí, sino la estatua de una diosa alada en una carroza tirada por caballos que se erige sobre él. Tal es así, que en un momento Napoleón se las robó y la puso en París para mostrarles a los alemanes quién tenía el poder. La recuperaron al poco tiempo. Hoy, esta señora mira al Oeste, aunque durante la República Democrática de Alemania, supo mirar al Este. Medio veleta…

Había miles de tours, pero pudimos encontrar el nuestro. No nos gustaba mucho la idea de ir con un guía, pero le dimos una oportunidad. Claro, era gratis. Así fue como nos dispusimos a caminar detrás de un pelirrojo de Manchester, cuyo inglés era un tanto acelerado. Sin embargo, nos arreglamos para entender bastante.

Alemania en general y Berlín en particular, tienen una consciencia muy grande de su Historia. Así es como en el lugar más “céntrico” de Berlín, se puede ver una plaza/monumento a los muertos del holocausto. La estética es discutible, pero la presencia de este y muchos otros monumentos y memoriales, indica lo presente que es todavía el pasado y la búsqueda de recordarlo para que no vuelva a pasar. Paradójicamente, a pocos metros de esto, está el lugar donde se ubicaba el búnker de Hittler, pero hoy es el estacionamiento de unas torres de departamentos y no es posible acceder a visitarlo.

Perder dos guerras mundiales y ser responsables del peor genocidio de la Historia no fue suficiente, Alemania, o mejor dicho media Alemania, fue parte del régimen Soviético. Y de esto también, Berlín es una evidencia viviente. Después de terminada la guerra, EE.UU., Francia, Inglaterra y Rusia ocuparon Alemania. En 1961 se decidió dividir el país en Este y Oeste, replicando lo mismo en su capital. Se necesitaba más que el límite de palabra, por lo que empezaron marcando la “frontera” con una especie de alambrado, después alambre de púa, después paneles de hormigón, hasta que terminaron en un doble muro, alambre, garitas de seguridad y soldados armados hasta los dientes. Por las dudas… El territorio occidental de Berlín estaba repartido entre EE.UU., Inglaterra y Francia. Del lado oriental, todo pertenecía a la URSS. De un lado y del otro, había gente que no tenía la mínima intención de separarse, pero que vivieron así por casi 40 años. Hoy, más de 20 años después, todavía se puede decir de qué lado se está por el tipo de arquitectura, el estado de conservación y las actividades que se desarrollan. Además, el recorrido que hacía está marcado en toda la ciudad con un senderito de adoquines. A nivel país, el occidente paga un impuesto tipo subvención para contribuir al desarrollo del Este, que quedó en el camino. Y no se quejan…

Abandonamos el tour frente a un fragmento del muro y una muestra muy interesante de “Topografía del terror”, que iba desde los inicios del Nacional Socialismo, con su aparato de propaganda a cargo de Goebbels, y terminaba en la creación del muro. Demasiado importante como para pasarlo de largo. Estuvimos un rato largo mirando cada foto, leyendo cada nota…
Antes de volver a casa a cenar con nuestros anfitriones, hicimos un breve paso por el Museo Pergamon, uno de los de la “Isla de los museos” (esto es literal). Este museo tiene su especialidad, podríamos decir, en puertas, no sólo las hojas, sino todo el ingreso en sí. Es posible encontrar fachadas de templos griegos, mercados romanos y demás, pero a nosotros nos llamó particularmente la atención la Puerta de Ishtar, que era uno de los ingresos a Babilonia. No sólo tiene una dimensión importante, sino que es realmente especial, con un color increíble y dibujos de leones, dragones y demás seres mitológicos.

Para variar un poco del recorrido histórico, nos fuimos en busca de naturaleza. La casa de Daniel quedaba bastante cerca del parque más grande de Berlín, el Tiergarten. Hicimos una pequeña caminata hasta allí. Nos internamos en el parque y nos perdimos un ratito en el verde, pero nos habíamos quedado con ganas de saber más… Check-point Charlie, el lugar del cruce más famoso del muro, no estaba lejos. Esa era la puerta de entrada al sector yanqui en Occidente. Hoy todavía se puede ver el cartel indicando que se está dejando territorio de los Estados Unidos. Además, había allí otra muestra gratuita con muchísima información sobre cómo fue la creación del muro, sus años de vigencia, los cruces, los que murieron en el intento y más. Muchas de las fugas del Este al Oeste fueron por este paso. De hecho, en este mismo punto existe actualmente un museo en el cual se relatan todas las historias de los intentos, tanto frustrados como exitosos. Allí se puede ver los autos preparados para esconder gente, los uniformes militares truchos, pasaportes falsificados, la historia del “hombre submarino”, el “hombre helicóptero” y hasta un señor que improvisó una tirolesa con un martillo y una soga, por la que se escaparon él, su mujer y su hijo. La mayoría eran ayudados por gente del otro lado, muchas veces familiares, pero también grupos de resistencia organizados. Para todos, el día de la caída fue seguramente uno de los más felices de sus vidas.

Como estábamos tan interesados en el tema “muro”, Daniel se ofreció a acompañarnos a verlo. En la parte Este de la ciudad, está el “East side gallery”, un kilómetro y medio del muro original pintado y graffiteado por distintos artistas. Una combinación ideal. Muchas pintadas comenzaron mientras el muro estaba todavía en pie, y muchas otras son alegóricas a la caída. Berlín es una meca del street-art, y como es uno de nuestros preferidos, ampliamos la visita por esta zona y nos encontramos con unos cuantos murales espectaculares.

El día ameritaba cerrarlo con una comidita casera y como Daniel nos había agasajado con unas “boulette” la noche anterior (algo así como una albóndiga alemana), tuvimos que volver a apelar a nuestro caballito de batalla: el pastel de papas.

Estar en Berlín y no salir a vivir la noche era un despropósito. Arreglamos un encuentro con otro couch surfer que no había podido alojarnos porque ya tenía sus huéspedes australianos. Salimos todos: Daniel, nosotros, los australianos y el otro couch surfer, que también se llamaba Daniel. Además, se sumaron amigos suyos de Berlín. Hicimos una recorrida de bares, compartimos historias y la pasamos muy bien.

Para terminar de entender la Historia teníamos que ver un campo de concentración. Sachsenhausen fue el primero, el que sirvió de “modelo” para todos los que le siguieron, incluyendo Auschwitz. Siguiendo la línea de la memoria, la entrada es gratuita. En este lugar los Nazis encarcelaban a judíos, gitanos, negros, homosexuales y todos los disidentes del Nacional Socialismo. Pasaron unas 200.000 personas de las cuales murió cerca de la mitad. La recorrida empezó en el patio donde se formaban cada mañana, y donde el más abusivo de los oficiales los golpeaba con un palo y los atropellaba con su bicicleta. Pudimos ver una reconstrucción de las barracas, donde se mostraba como dormían y cómo comían (cuando lo hacían), y escuchar el relato de los sobrevivientes de cómo cada mañana había muchos que no despertaban. Era imposible decir una palabra en el recorrido, uno se limitaba a tratar de tragar el nudo de la garganta. Todo estaba pensado para la tortura y la muerte. Las celdas de castigo (porque increíblemente se podía estar peor que en las barracas), el paredón de fusilamiento, el crematorio, la salita donde el médico experimentaba con medicamentos sobre chicos y adolescentes. Seguramente uno de los lugares más tristes en los que se puede estar, pero necesario para entender y dimensionar el sufrimiento.

Era nuestro último día y nos había quedado pendiente subir al Parlamento. Su cúpula de cristal se construyó hace poco más de 10 años con la finalidad, supuestamente, de que los alemanes puedan ir a vigilar lo que hacen sus legisladores. No encontramos un solo local en la fila, sólo turistas como nosotros interesados en la vista desde arriba.

Berlín está llena de Historia pesada y reciente, con la que conviven todos los días. Sin embargo, es una ciudad llena de vida y con muchísima personalidad. Toda esa mezcla la hace simplemente grandiosa.

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