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jueves, 3 de febrero de 2011

Relax a la bolognesa

Teníamos un solo día para recorrer Venecia, por lo que salimos a las 5 a.m. de Ljubljana. El apuro radicaba en que queríamos llegar a Bologna, nuestro siguiente destino, para ver a Alicja antes de que se fuera a Polonia. Para aclarar un poco el panorama, Alicja es amiga de “las polacas” (ella también lo es) y Pietro es su novio (italiano él). Tienen su compañía de teatro en Bologna (él Director, ella actriz) y nos habían visitado en Buenos Aires unos días antes de nuestra partida, por lo que queríamos volver a estar los cuatro juntos. Dicho esto, empezamos la maratón.

El micro nos dejó en Mestre, a unos kilómetros de Venecia y nos tomamos el tren correspondiente. Además de estar formada por más de 100 islas, Venecia es una en sí misma, por lo que después de un rato de andar las vías quedaron rodeadas de agua y el tren suspendido en el mar. Un pie afuera de la estación y estábamos frente al Gran Canal.

Orientarse en Venecia no es tarea sencilla y es probable encontrarse sin salida, al borde de un canal. Sin embargo, la mejor manera para recorrer la ciudad es perderse, porque así uno encuentra los lugares más especiales. Caminamos en zigzag por las callecitas angostas, cruzando puentes, buscando un rumbo. Cargamos energías con un canolli rebosante de crema pastelera (el cual añoraríamos a lo largo de toda nuestra estancia en Italia), y seguimos viaje. Infinitos canales se iban sucediendo a nuestro paso. Abajo, el mar de un verde increíble. En el camino, ropa colgando de las ventanas, miles de góndolas, máscaras, artistas y, por supuesto, turistas, muchos turistas.

El paseo en góndola estaba lejos del presupuesto, por lo que tuvimos que conformarnos con tomar algún traghetto (una lancha colectivo, pero a remo) para cruzar de una orilla a otra; pero algún gusto teníamos que darnos, así que nos sentamos en una de las trattorias a comer una buena pizza italiana (no tan buena, debemos decir).

De alguna manera nos la habíamos ingeniado para estar bastante solos (todo lo que puede esperar en una ciudad que recibe 20 millones de turistas al año), pero cuando encaramos para cruzar el famoso Puente de Rialto entendimos que sostener esa soledad era demasiada pretensión. Nos resignamos a hacer el típico recorrido. Al ver la Piazza San Marco inundada y sin palomas, la Basílica en reparación y el Puente de los Suspiros casi completamente tapado, la postal típica se vio un poco modificada. Sin embargo, la magnitud de ese lugar y su belleza no habían sido opacados, y sentíamos que podíamos pasar horas sentados a orillas del Gran Canal sólo mirando. Cruzar hasta la Punta de la Dogana fue una buena idea. Nos lo habían recomendado en Eslovenia y resultó ser un oasis de tranquilidad, donde sentarnos solos a tomar un café y disfrutar de la magia de la ciudad no resultó una utopía.

Nuestro intenso día en Venecia fue llegando a su fin. Disfrutamos de la caminata de vuelta a la estación y nos fuimos sabiendo que algún día tendríamos que volver.

Tomamos el tren y el colectivo siguiendo las indicaciones de Alicjia, y estábamos en Bologna para la cena. Nos recibieron con la calidez que recordábamos y compartimos una cena buenísima junto con otra pareja de amigos de ellos, y nos pusimos un poco al día sobre su experiencia en Bolivia, donde dieron talleres de teatro en una cárcel de menores.

La mañana siguiente, la última con Ali, nos hicieron un rápido citytour. Bologna es una ciudad con una fisonomía muy particular. Además de sus fachadas de ladrillo, sus calles están completamente cubiertas por galerías y arcadas, que protegen a los transeúntes de cualquier desavenencia climática y le dan un sello único. Además, es un centro cultural y universitario en la región, por lo que la energía que se respira es interesante. Nuestro recorrido incluyó, por supuesto, una pasada por las emblemáticas torres de la ciudad, el barrio universitario, la Piazza Maggiore con su erótica fuente de Neptuno, y algunas recomendaciones de a dónde ir para comer o salir, lo bueno de pasear por una ciudad con un lugareño al lado. Fue en ese momento, cuando nos abrieron los ojos al mundo del aperitivo.

Que los italianos saben comer no es ningún secreto, pero esto ya era el súmmum. El concepto de aperitivo es algo parecido a la picada argentina o a las tapas españolas: algo de comer para acompañar la bebida en el bar, por la tarde, después del trabajo. Sin embargo, en Italia, el tentempié tiene otra dimensión, y puede incluir desde ensaladas varias, hasta pasta, pollo, y un sinfín de delicias, todo tipo buffet, o sea self-service y hasta reventar. Ah! Y lo único que se paga es la bebida que se toma, al mismo precio de siempre. A partir de ese momento, la identificación de buenos aperitivos fue una de nuestras primeras actividades al llegar a una ciudad en Italia.

La recorrida, aunque corta, fue reveladora, y nos despedimos de Ali en una esquina del centro. Realmente un placer haber vuelto a verla aunque fuera por un ratito. Pietro quedó entonces como nuestro anfitrión designado en lo que restaba de nuestra estadía.

Nuestros días en Bologna fueron de relax. Una ciudad chica en la que no hace falta saltar de un monumento a otro, y uno se puede dedicar más a vivirla que a visitarla. Volvimos a dormir hasta tarde, a sentarnos a leer el diario, a ver televisión antes de ir a la cama. Compartimos charlas muy interesantes con Pietro, que incluso nos llevó una noche al centro de refugiados donde da clases de teatro, y terminamos cenando con Laura, una chica de Camerún que había escapado de su país después de que gran parte de su familia fuera asesinada en una persecución política del Gobierno.

Esa noche Pietro nos propuso acompañarlo a Milán al día siguiente, ya que él tenía un almuerzo de negocios e iba a ir y volver en auto. No lo dudamos y agregamos una ciudad fuera del itinerario. Recordamos entonces que ahí vivía Gaetano, un familiar lejano de Vulqui que nos había contactado anteriormente para que fuéramos a visitarlo. Así fue como después de unas horas estábamos en nuestro punto de encuentro frente a la estación central de Milán. Gaetano nos recibió con una sonrisa y un gran abrazo, y almorzamos entre historias familiares y recuerdos lejanos, mezclando el italiano y el español. Nos contó de la familia que había formado y también nos puso en contacto con Cossimo, su tío y primo del abuelo de Vulqui, quien todavía vivía en Calopezzatti (el lugar de origen de los Vulcano), y entre los dos nos terminaron de convencer que debíamos dedicar unos días a conocer ese pueblito de la Calabria… pero eso vendría más adelante.

Dejamos que Gaetano volviera a su trabajo, y lo comprometimos a venir a visitarnos algún día. En el ratito que nos quedaba antes de volver a encontrarnos con Pietro, nos pusimos el gorro de turistas y nos fuimos al centro. Frente a la salida del metro se levantaba monumental la gótica Catedral de Milán, y a su izquierda la famosa y exclusiva galería Vittorio Emanuele. El poco tiempo que teníamos fue suficiente para deleitarnos con el ensayo de la sinfónica de Milán que tenía función esa misma noche en el Duomo. Nada mal…

Nuestra última noche en Bologna nos encontró compartiendo con Pietro un cous-cous en una feria alternativa marroquí. Agradecidos por su hospitalidad, nos despedimos deseando volver a recibirlos pronto en casa.
Próxima parada: Florencia.

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